Palabra de experto : Pr Rémy Burcelin

El profesor Rémy Burcelin dirige un laboratorio especializado en el estudio de los mecanismos implicados en la comunicación entre el cerebro, el intestino y el resto del cuerpo en el Instituto de Enfermedades Metabólicas y Cardiovasculares (Unidad Inserm/Universidad de Toulouse III Paul Sabatier). Su equipo es uno de los pioneros en el descubrimiento de la implicación de la microbiota intestinal en el control del azúcar y de las grasas por parte de nuestro organismo.

¿Podemos esperar algún día curar las enfermedades metabólicas gracias a la microbiota intestinal?

En el siglo XXI hemos descubierto un nuevo órgano: la microbiota intestinal. Esa es la razón por la que los probióticos —que actúan en nuestra flora— suscitan grandes esperanzas. En la actualidad es todavía demasiado pronto para pensar en los probióticos como una opción terapéutica independiente: son capaces de paliar, en parte, las enfermedades metabólicas. Pero para empezar es necesario aislar los grupos de pacientes con características definidas (biológicas y socioeconómicas). A continuación, se ha de identificar algunas bacterias como biomarcadores diagnósticos. Y por último, se deberán realizar ensayos clínicos de gran envergadura en función de objetivos precisos (disminución de la glucemia, por ejemplo). Algunas bacterias candidatas son objeto de estudio, pero ninguna ha demostrado ser lo suficientemente eficaz de momento; ninguna ha demostrado eficacia en la pérdida de peso, en particular. Sin embargo, en el estado actual de la investigación, se podría prever la comercialización de probióticos para prevenir la diabetes dentro de diez años.

¿Qué obstáculos habrá que superar para permitir una gestión flexible de la microbiota?

Las barreras tecnológicas se han ido superando gracias a auténticos adelantos como el desarrollo de algoritmos eficientes capaces de analizar grandes cantidades de datos. Pero existen otros tipos de limitaciones: por un lado, la capacidad de poder cultivar y reproducir sin modificaciones una cepa de bacteria (un producto que vive y que por tanto es perecedero) una vez que se haya demostrado su eficacia potencial; por otro lado, los aspectos reglamentarios ya que se trata de microorganismos capaces de diseminarse de forma epidémica. De hecho, si bien algunas bacterias han demostrado su inocuidad a largo plazo, otras recién identificadas necesitan mayor perspectiva. En todo caso, la variabilidad individual no constituye necesariamente una limitación: tratar al 1 % de los pacientes obesos ya sería un éxito rotundo.

¿Qué pistas de investigación quedan todavía por explorar en relación con la microbiota?

Los probióticos como potenciadores de los tratamientos. En 2017, nuestro equipo demostró en ratones que la microbiota permite aumentar la acción del GLP-1, una hormona intestinal que forma parte del arsenal terapéutico contra la diabetes de tipo 2 y a la que algunos pacientes son resistentes. Las otras perspectivas podrían provenir de la fibra alimentaria y de los polifenoles (presentes en la uva o la granada), dos elementos que permiten una modulación positiva de la microbiota. O también de su combinación con minerales, o incluso con otros agentes activos en lo que denominamos “cobióticos”. Una última pista sería buscar un efecto sinérgico con simbióticos (alianza entre prebióticos y probióticos). Todas estas son estrategias interesantes para mejorar la tolerancia y la eficacia de los tratamientos.

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