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Microbiota 8 - Octubre 2019

Estimados lectores:

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el sobrepeso y la obesidad como una acumulación anormal o excesiva de grasa corporal que representa un riesgo para la salud. La obesidad, definida por el índice de masa corporal (IMC), afecta de forma indiscriminada a adultos y niños, a hombres y mujeres, de países con niveles de renta altos y bajos. La prevalencia de esta enfermedad casi se ha triplicado entre 1975 y 2016, por lo que se ha convertido en uno de los principales retos de la salud pública del siglo XXI.Para prevenirla, la OMS ha lanzado desde hace varios años campañas y planes de acción destinados a sensibilizar sobre esta enfermedad y su prevención a las poblaciones y gobiernos de diferentes países... por desgracia sin éxito: hasta el momento ningún país ha conseguido frenar el fenómeno.

La obesidad se produce por un desequilibrio entre la cantidad de calorías consumidas y gastadas, inducida y/o reforzada por una alimentación a base de aportaciones hipercalóricas y ricas en lípidos, alimentos procesados y un modo de vida sedentario caracterizado por una actividad física reducida. Además de haber sido reconocida como una discapacidad potencial en el entorno laboral por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea en 2014, la obesidad tiene múltiples consecuencias sobre la salud.

Desde hace varios años existe el concepto de «síndrome metabólico», un término que agrupa patologías no transmisibles como la obesidad, las alteraciones de la homeostasis glucídica (la intolerancia oral a la glucosa, la resistencia a la insulina, la alteración de la glucemia en ayunas y la diabetes de tipo 2), las alteraciones de la homeostasis lipídica (dislipemias) y otros factores de riesgo cardiovascular (hipertensión). Este síndrome metabólico duplica el riesgo de mortalidad precoz y triplica el de desarrollar enfermedades cardiovasculares.

En su síntesis, la profesora Yolanda Sanz (Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos, Valencia, España) explica la relación existente entre enfermedades metabólicas y microrganismos intestinales, que desempeñan una función primordial en la metabolización de los nutrientes, la regulación de la absorción de azúcares y lípidos, la síntesis de las hormonas intestinales, la regulación de la barrera intestinal y las respuestas inmunitarias. La profesora demuestra que una alteración y una reducción de la diversidad microbiana pueden favorecer la obesidad y la inflamación metabólica –y conducir así a comorbilidades graves–, y que una alimentación rica en fibra, al igual que el trasplante de la microbiota fecal y ciertos probióticos son pistas para la prevención de las enfermedades metabólicas por modulación de la microbiota intestinal.

Otra patología en la que está implicada la microbiota es la enfermedad de Parkinson. El profesor Harry Sokol (Hospital Saint-Antoine, París, Francia), presenta los resultados de un estudio publicado en 2019 en Science, que deja entrever en ciertos pacientes la posibilidad de modular la eficacia de la levodopa al actuar sobre la microbiota.

Además de estas prometedoras perspectivas de «fármaco-microbiómica», el profesor Emmanuel Mas (Hospital de Niños, Toulouse, Francia), comenta unos trabajos recientes publicados en Lancet, que evocan la función predictiva de la microbiota, que se debe tener en cuenta a partir de ahora en las elecciones terapéuticas de los niños diagnosticados con una rectocolitis hemorrágica.

¡Feliz lectura!

BMI 19.65

Fecha de publicación 26 Agosto 2021
Fecha de actualización 28 Septiembre 2021
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