Alimentación

Del mismo modo en que nuestra flora intestinal está determinada por los genes y por el ambiente en el que vivimos, también está modulada por nuestra alimentación. La diversidad y la calidad de nuestro bolo alimenticio influyen en el equilibrio de la microbiota intestinal… y, sin duda, también contribuye al estado de nuestra salud.

La flora intestinal se desarrolla de manera progresiva desde el nacimiento. Varios elementos influirán en su composición, en particular la naturaleza de la leche que consuma el recién nacido. Los bebés amamantados con leche materna presentan una flora microbiana diferente a la de los bebés alimentados con biberón; y, aunque los especialistas prefieren la lecha materna, las leches infantiles, enriquecidas con prebióticos y probióticos, presentan cualidades nutricionales particularmente interesantes para el ecosistema de la microbiota intestinal.

El régimen alimentario moldea la composición de la microbiota

En la edad adulta, la composición cualitativa o cuantitativa de la microbiota se mantiene bastante estable. No obstante, la diversidad y la naturaleza de la alimentación siguen moldeándola: la ausencia de alimentación, al igual que su composición, puede modificar rápidamente la biodiversidad de las bacterias presentes. Los macronutrientes, como los polisacáridos (azúcares), las grasas y las proteínas que consume el huésped son parcialmente degradados por la microbiota intestinal. Algunas fibras alimenticias, las fibras solubles como la inulina (presente particularmente en el alcaucil o alcachofa y la endibia), son prebióticas, actúan estimulando el crecimiento de las bacterias beneficiosas de la flora intestinal. Por eso, influyen directamente en la estabilidad y la buena salud de la microbiota.

Por lo tanto, es muy probable que, si son duraderas, las modificaciones en el régimen alimentario desempeñen un papel en la salud, abriendo el camino a nuevas perspectivas terapéuticas a través de la nutrición.