Trasplante fecal: ¿una alternativa prometedora?

Esto sorprenderá a más de uno: curar con heces no es algo nuevo. Pero los descubrimientos recientes acerca de la implicación de las bacterias intestinales en las enfermedades metabólicas abren un nuevo campo de investigación que tiene por objeto conseguir trasplantes fecales más selectivos y mejor aceptados tanto en el frente clínico como en el plano psicológico.

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La microbiota intestinal ¿Qué alimentos favorecen el equilibrio de la microbiota? El transplante fecal
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Trasplante de microbiota fecal (TMF): un nombre que huele a innovación y al mundo de las biotecnologías. Sin embargo, ya se recurría al mismo en China hace 1700 años, donde se curaba la diarrea bebiendo una sopa de heces fermentadas acertadamente denominada “sopa amarilla”. En la Edad Media, los beduinos se protegían de la disentería (una infección bacteriana que causa temibles diarreas) ingiriendo los excrementos de su camello. Los primeros trasplantes fecales modernos se realizaron en la década de 1950 para luchar contra la infección por Clostridium difficile, una bacteria que se aprovecha del desequilibrio microbiano producido por un tratamiento antibiótico para proliferar en la flora intestinal. Pero no fue sino hasta la década del 2000 cuando el TMF hizo su entrada en el campo de las enfermedades metabólicas y en las jaulas de roedores de los laboratorios.

Primeros pasos concluyentes

Los ensayos en humanos aún se encuentran en una fase inicial en este ámbito. El primer estudio se realizó en 2012 en pacientes neerlandeses: la mitad de ellos recibieron las heces de donantes sanos, el resto sus propias heces (grupo placebo). Las heces de los donantes se analizaron minuciosamente para descartar cualquier riesgo infeccioso por virus, parásitos o bacterias perjudiciales. Después tuvo lugar el trasplante por inyección durante treinta minutos por medio de una sonda introducida en la nariz de los pacientes que desembocaba en el intestino delgado. Seis semanas después, los receptores de heces “sanas” presentaron una mejora de su sensibilidad a la insulina y un aumento de la cantidad de bacterias productoras de butirato, beneficioso en el plano metabólico. Por lo tanto, se consiguió un primer éxito.

Un modus operandi que falta perfeccionar

Queda un camino muy largo que recorrer para los TMF en las enfermedades metabólicas y este está plagado de desafíos que afrontar: los antecedentes médicos y las microbiotas de los donantes deben ser irreprochables para evitar cualquier transmisión de enfermedades y las cepas deben elegirse de manera apropiada y en cantidad suficiente. Otro interrogante: ¿cómo será recibida la flora del donante por la flora del receptor? ¿Bastará una sola inyección para una colonización duradera? Por último, existe un límite psicológico importante: la inevitable repulsión de algunos pacientes ante este tratamiento, aún desconocido, a menos que el TMF se convierta en una práctica terapéutica habitual, sabiendo que su espectro de aplicaciones potenciales podría ampliarse a la esclerosis múltiple, la enfermedad de Parkinson o incluso al síndrome de fatiga crónica. ¿Quién sabe? Quizás el futuro nos traiga bancos y pastillas de heces…

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Los probióticos al servicio del síndrome del “hígado graso”

Para aliviar la carga mundial de las enfermedades metabólicas, una buena parte del planeta debería volver a adoptar una dieta más saludable: una tarea necesaria pero difícil. Al mismo tiempo, se están estudiando posibles intervenciones en la dinámica bacteriana intestinal: ¿serán los probióticos y los trasplantes de microbiota fecal las nuevas grandes terapias metabólicas del mañana?

La microbiota intestinal ¿Qué alimentos favorecen el equilibrio de la microbiota? Los probióticos
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Lejos de ser una especialidad francesa, el síndrome del “hígado graso” (“foie gras” en francés) dispara el número de hepatitis en todo el mundo. La investigación presta cada vez más atención a los probióticos para frenar estas nuevas epidemias. Y la apuesta parece funcionar.

Las hepatitis virales, alcohólicas y, en la actualidad, cada vez más las hepatitis grasas, se multiplican bajo la influencia de la obesidad y de la diabetes de tipo 2, porque el exceso de grasa se acumula en los tejidos del hígado causando, en primer lugar, una esteatosis hepática no alcohólica (NAFLD10, por sus siglas en inglés) que puede agravarse en esteatohepatitis no alcohólica (la famosa NASH11), la cual a su vez anuncia la aparición la cirrosis —punto de no retorno para el hígado—. Ahora bien, al igual que para la obesidad y la diabetes de tipo 2, el papel de la microbiota intestinal está en primera línea. De ahí la esperanza de contrarrestar esta sobredosis de grasa gracias a los probióticos: una pista que siguen los investigadores desde hace una década.

Del animal al ser humano

Los primeros estudios en modelos animales han demostrado los beneficios de la utilización de probióticos y de prebióticos, o incluso de simbióticos (la asociación de ambos). A modo de ejemplo, la adición de fructooligosacáridos a los probióticos ha permitido conseguir en ciertos pacientes una disminución de la inflamación y de las partículas grasas en el hígado, una pérdida de peso y de masa grasa, así como una mejora de la sensibilidad a la insulina. Estos buenos resultados fueron confirmados por el descenso de la grasa contenida en el hígado de pacientes de Hong Kong tratados durante seis meses mediante una combinación de lactobacilos y de bifidobacterias. En pacientes iraníes se observó una disminución de la rigidez del hígado —señal de una agresión reducida— después de veintiocho semanas de tratamiento con simbióticos.

Un ensayo convincente realizado según las normas

Gracias a un ensayo clínico realizado en varias decenas de pacientes ucranianos con esteatosis hepática no alcohólica, se ha dado un paso más en el establecimiento de los probióticos como una valiosa opción terapéutica. La administración diaria durante ocho semanas de un probiótico que contenía catorce cepas vivas redujo significativamente las grasas hepáticas, alLos probióticos al servicio del síndrome del “hígado graso” 9 gunos marcadores inflamatorios y las enzimas que indican una enfermedad hepática. Falta confirmar estos efectos de un número mayor de pacientes y a más largo plazo. Aun así los probióticos son las sustancias más prometedoras en la lucha contras estas sobredosis de grasas que tanto afectan a nuestros hígados

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Alimentación y salud: una historia de desequilibrio microbiano

Las dietas milagrosas no existen, y esto se aplica también a las bacterias de nuestra flora intestinal. La diversidad abundante de nuestras microbiotas, moldeadas por nuestros comportamientos alimentarios, explicaría por qué algunas personas responden mejor que otras a una dieta mejorada.

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La microbiota intestinal ¿Qué alimentos favorecen el equilibrio de la microbiota?

Enséñame tus menús diarios y te diré cómo es tu microbiota: nuestra alimentación influye enormemente en nuestra flora intestinal y los investigadores han podido elaborar perfiles de las microbiotas intestinales. ¿Le gusta lo dulce? Existen grandes posibilidades de que en su flora predomine Prevotella, la cual mejoraría el control de la glucemia. ¿Le gustan las proteínas animales y las grasas saturadas? Usted será más bien del tipo Bacteroides, y estará expuesto a un mayor riesgo de cáncer de colon. ¿Prefiere el arroz integral al arroz blanco? Probablemente usted alberga menos enterobacterias proinflamatorias. Entonces, ¿la receta de la felicidad metabólica sería controlar nuestra flora intestinal a través de la comida?

Dietas imprevisibles

Desafortunadamente no, porque no somos iguales ante los efectos positivos de una dieta equilibrada. La culpa es de nuestras microbiotas intestinales, ya que no hay dos microbiotas idénticas, ni siquiera entre gemelos. De ahí la imposibilidad de predecir con precisión los efectos de una intervención dietética en nuestras bacterias intestinales. Así, una flora con abundancia natural de Lactobacillus absorberá más probióticos tras quince días de consumo de leche fermentada, al igual que una microbiota más rica en Prevotella antes de una “dieta” de tres días a base de pan de cebada (rico en fibra) contribuye a un mejor control de la glucemia en comparación con las microbiotas con menor abundancia de esta especie bacteriana. Teniendo en cuenta estas variaciones individuales, una dieta pobre en FODMAP8 podría tener mayor o menor éxito para eliminar flatulencias y dolores abdominales, en función de la composición inicial de la flora intestinal.

Unas floras son más resilientes que otras

Comer más fibra será mucho más beneficioso para nuestro nivel de bifidobacterias si ya la consumíamos antes de manera regular. Por último, algunas microbiotas pueden mostrarse más resistentes al cambio de alimentación y esta resiliencia puede resultar contraproducente en el marco de una regulación nutricional. La utilización de algoritmos capaces de integrar todos estos datos entremezclados es una de las vías estudiadas para controlar la remodelación de nuestra flora por medio de la alimentación. Por el momento, y hasta que los investigadores logren integrar simultáneamente todos estos parámetros a nivel de cada persona (hábitos alimentarios, composición y resiliencia de la flora intestinal), la modulación personalizada de la microbiota sigue constituyendo un reto.

Bibliografia

8 Oligosaccharides, disaccharides, monosaccharides et polyols fermentescibles : des sucres non-digérés mais fermentés par nos bactéries intestinales

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Comer demasiada grasa desequilibra nuestra flora intestinal

¿Las grasas? Nuestras papilas gustativas las disfrutan y se colman regularmente de ellas, en perjuicio de nuestra flora intestinal, que se inclina entonces hacia el lado oscuro de la fuerza (inflamación y aumento de peso), a menos que se elijan las grasas buenas y que se consuma suficiente fibra. Si nuestras floras no fueran tan versátiles sería tentador adaptar esta dieta más equilibrada a la situación particular de cada persona.

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La microbiota intestinal ¿Qué alimentos favorecen el equilibrio de la microbiota?

La hiperglucemia, el exceso de lípidos en la sangre y la hipertensión son efectos bien conocidos de una alimentación demasiado rica en grasas; sin embargo, no representan más que la punta del iceberg. Al profundizar en el tema, los investigadores descubrieron el papel destacado de la microbiota intestinal en estas alteraciones del metabolismo. Y al mismo tiempo distinguieron la grasa buena de la mala.

En ratones de laboratorio alimentados con un pienso muy graso como la dieta de los pacientes con síndrome metabólico, el resultado fue el mismo: su flora intestinal no se parece a la de sus congéneres con buena salud; demasiada grasa todos los días reduce, por ejemplo, la cantidad de Akkermansia muciniphila, una bacteria beneficiosa que mejora la glucemia y la sensibilidad a la insulina, y protege frente a la formación de placas grasas en los vasos (la ateroesclerosis). Como su nombre indica, esta bacteria produce también una sustancia llamada “mucina” que consolida el moco protector de la barrera intestinal. Otro efecto colateral del exceso de grasa alimentaria es la disminución de los lactobacilos y bifidobacterias, que son bacterias “buenas” que reducen la inflamación y la formación de tejido adiposo.

No todas las grasas son iguales

Pero, ¿de qué grasas estamos hablando? Los ácidos grasos saturados como el aceite de palma deben sin lugar a dudas evitarse, tal y como nos recalcan los mensajes de salud pública: están relacionados con un descenso de la diversidad bacteriana y con un aumento de peso. Por el contrario, el ácido oleico presente en el aceite de oliva, que es un ácido graso monoinsaturado de la familia de los omega-9, podría restaurar la diversidad bacteriana y reducir el peso —al menos en ratones—. De la misma forma habría que apostar por los ácidos grasos poliinsaturados de tipo omega-3, como el aceite de pescado, que favorecen la presencia de Akkermansia muciniphila, lactobacilos y bifidobacterias. Además, estos omega-3 deben prevalecer sobre los omega-6 ya que estos últimos, aunque también son esenciales para el organismo, deben consumirse con moderación porque mantienen la inflamación y la reducción de bifidobacterias.

“Para empezar come tu ración de fibra”

Y como las grasas no lo son todo, ni para bien ni para mal, existe otro grupo de alimentos que influye en el equilibrio metabólico: la fibra. Se trata de azúcares no digeribles presentes en los cereales, tubérculos, nueces, semillas, frutas y verduras. En ausencia de fibras que fermentar para extraer la energía en forma de AGCC, las bacterias comienzan a erosionar el moco protector que tapiza nuestras células intestinales, exponiéndolas a invasiones bacterianas. Además, la fibra permite un mejor control de la glucemia, probablemente gracias a la presencia de Prevotella en nuestros intestinos. Moraleja: por el bien de su microbiota, consuma grasa con moderación –y de la buena– y no se olvide de la fibra!

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Enfoque en la diabetes

La diabetes podría convertirse en la séptima causa de mortalidad en el mundo de aquí a 2030 según la OMS, causando accidentes cardiovasculares, amputaciones, ceguera y diálisis. Una plaga que podría combatirse, en parte, con un estilo de vida más saludable... e incluso interviniendo en nuestra flora intestinal, siempre y cuando logremos dilucidar sus múltiples efectos en nuestro metabolismo.

La microbiota intestinal ¿Qué alimentos favorecen el equilibrio de la microbiota? Diabetes de tipo 2

Se sabe desde hace mucho tiempo que la diabetes es una cuestión de azúcares. Pero también es una cuestión de bacterias intestinales que nos permiten digerir los azúcares lentos (el almidón y el resto de fibras alimentarias), descomponiéndolos en azúcares simples que al fermentarse dan lugar a ácidos grasos de cadena corta (AGCC) e, inevitablemente, a la formación de gas. Sin embargo, los diabéticos de tipo 2 podrían tener una microbiota menos rica en bacterias productoras de los famosos AGCC. El resto de bacterias tiene efectos menos beneficiosos: provocan una inflamación crónica del hígado por acumulación de grasas (esteatosis hepática no alcohólica). Al morir, algunas bacterias también liberan sustancias tóxicas, cuya presencia en la sangre se asocia con un mayor riesgo de diabetes. Además, dado que del 90 al 95 % de los diabéticos son también obesos, padecen el estado inflamatorio crónico que se da en la obesidad, en parte generado por la microbiota intestinal.

Bacterias que inclinan la balanza

En la diabetes de tipo 1, en la que el sistema inmunitario se vuelve contra las células del páncreas responsables de la producción de insulina (células beta), cambia la composición de la microbiota: la menor abundancia de Proteobacteria y la mayor presencia de Firmicutes en comparación con las Bacteroidetes formarían parte de los factores de riesgo. Por el contrario, algunas bacterias (lactobacilos, bifidobacterias, bacterias productoras de butirato) podrían brindar protección contra la autoinmunidad, un trastorno que obliga nuestro cuerpo a luchar contra nuestras propias defensas inmunitarias. Por último hay que tener en cuenta al resto de miembros de la microbiota: los virus. El virus Coxsackie4 , por ejemplo, es capaz de infectar las células del páncreas productoras de insulina.

Tras la pista de mecanismos terapéuticos

Para complicar aún más la situación, las bacterias influirían también en los efectos de la metformina. Este medicamento de primera línea en el tratamiento de la diabetes de tipo 2 disminuiría la inflamación causada por las sustancias tóxicas bacterianas reduciendo la absorción de grasas a través de la flora intestinal. Esto permitiría dilucidar su modo de acción, todavía poco claro, pero podría sesgar los resultados de los estudios llevados a cabo en estos pacientes. Estos son algunos de los mecanismos, entre otros muchos, que relacionan la diabetes y la microbiota intestinal. Apenas se ha comenzado a entrever este vasto y complejo campo de acción.

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¿Cuál es la relación entre la microbiota intestinal y las enfermedades metabólicas?

Cada día se producen en nuestros cuerpos cascadas de reacciones químicas que mantienen nuestro organismo con vida: el metabolismo. La obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares causan estragos en todo el planeta debido al desequilibrio del metabolismo causado por el estilo de vida actual (consumo excesivo de sal, azúcar y grasa, sedentarismo, etc.). Aunque se desconocía su implicación hasta hace apenas una década, el papel de las bacterias de nuestra flora intestinal resulta crucial en estas enfermedades del mundo moderno.

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La microbiota intestinal ¿Qué alimentos favorecen el equilibrio de la microbiota? El síndrome metabólico
What are the links between intestinal microbiota and metabolic diseases?

Al igual que nuestras células necesitan buenos combustibles para cumplir sus distintas misiones, ocurre lo mismo con nuestras bacterias intestinales: sus funciones múltiples y fundamentales en la gran sinfonía metabólica se han descubierto recientemente. Pero, ¡cuidado con las consecuencias si esta gran sinfonía se convierte en cacofonía!

Nuestros intestinos albergan un conjunto común de bacterias repartidas principalmente entre dos grandes grupos: Bacteroidetes y Firmicutes. En los sujetos que gozan de buena salud, las primeras son más abundantes que las segundas. Por el contrario, en las personas obesas, el equilibrio tiende a decantarse del lado de las Firmicutes. Ahora bien, estas especies de bacterias, alimentadas por lo que ingerimos —especialmente los azúcares lentos—obtendrían más calorías que las Bacteroidetes, causando sobrepeso.

Un círculo vicioso inflamatorio

En consecuencia, se produce toda una cascada de reacciones perjudiciales del organismo activada por una alimentación demasiado rica en grasas que desequilibra la microbiota intestinal. La función de “barrera” de los intestinos pierde eficacia; estos últimos se vuelven menos resistentes y permiten el paso de moléculas derivadas de las bacterias, lo que provoca una repuesta anormalmente persistente y silenciosa del sistema inmunitario. El páncreas, afectado por esta inflamación crónica, produce menos insulina, que a su vez las células aprovechan menos —lo que se conoce como insulinorresistencia, que es característica de la diabetes de tipo 2—. El almacenamiento de grasas en los tejidos y su transporte en la sangre también se ven alterados. Además de estar saturados por la grasa, los vasos sanguíneos pierden su capacidad de dilatación. Están reunidos todos los ingredientes de un cóctel explosivo cardiovascular compuesto de grasa

BREVE DESCRIPCIÓN DE LAS ENFERMEDADES METABÓLICAS

  • Estas enfermedades alteran el metabolismo, es decir, las reacciones bioquímicas mediante las cuales las células se alimentan y producen energía y el organismo elimina los desechos.
     
  • Pueden aparecer desde el nacimiento o desarrollarse a una edad más avanzada debido a ciertos factores (mala alimentación, etc.).
     
  • Las más conocidas son la obesidad, la diabetes y la hipertensión arterial.

Bacterias protectoras de nuestro metabolismo

Por el contrario, en el caso de una alimentación beneficiosa para nuestra flora intestinal como la dieta mediterránea (alimentación rica en frutas, verduras y aceite de oliva y pobre en carne), se pone en marcha un círculo virtuoso: nuestras bacterias producen ácidos grasos de cadena corta (AGCC), que no solo constituyen una fuente de energía para nuestras células. Estos AGCC intervienen en la regulación del apetito, del tránsito intestinal y de la formación de grasas. Pueden actuar en la producción de insulina y en la tensión arterial. Algunos como el butirato, protegen nuestras células intestinales de la inflamación y les ayudan a luchar contra los microbios agresivos. Tendrían incluso propiedades anticancerosas. Además, las bacterias producen vitaminas (K, H y B) y nos ayudan a absorber el calcio,el magnesio, la vitamina D y el hierro. Algunos investigadores no dudan en afirmar que la microbiota intestinal es un órgano de pleno derecho.

LA MICROBIOTA INTESTINAL EN CIFRAS¹:

70 % de la microbiota total Peso medio de 1,5 kg

100 trilliones de microorganismos (bacterias, hongos, virus, parásitos)

De 500 a 1 000 especies

Entre 250 y 800 800 veces más genes que en el ADN humano

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Océano de plástico: las bacterias marinas amenazadas

Un estudio australiano describe cómo los residuos líquidos de desechos plásticos pueden asfixiar los mares y la atmósfera alterando la producción de oxígeno por parte de algunas bacterias que habitan los océanos.

¿Qué alimentos favorecen el equilibrio de la microbiota?
Actu GP : Océan de plastique : menace sur les bactéries marines

 

Los estragos medioambientales causados por los desechos plásticos que contaminan nuestros mares, tanto en la superficie como en los fondos, no cesan de acumularse a medida que avanza la investigación sobre este “séptimo continente”. Un equipo australiano añade un elemento más a esta triste lista: los lixiviados plásticos –contaminantes líquidos producidos por desechos plásticos bajo los efectos del agua de lluvia, entre otros factores– arrastran disolventes, metales, colorantes, filtros UV u otros agentes ignífugos hasta los océanos.

Un cóctel de bacterias y plásticos

Para medir el impacto que tienen estos “jugos de basura” en los organismos acuáticos, los investigadores recurrieron a los segundos pulmones de nuestro planeta, Prochlorococcus, las bacterias más abundantes del mundo oceánico y que desempeñan una función fundamental, a saber, producir una gran parte del oxígeno que respiramos. Los científicos cultivaron Prochlorococcus en un medio acuático durante 72 horas en presencia de dos tipos comunes de plásticos: HDPE (polietileno de alta densidad) presente en las bolsas de la compra y PVC (policloruro de vinilo), ampliamente utilizado en los embalajes y en la construcción.

El PVC, más perjudicial que el HDPE

Resultado: los lixiviados plásticos no solo reducen el crecimiento de las bacterias sino también su capacidad para producir oxígeno a partir del agua y de la luz (fotosíntesis) en apenas 24 horas. El PVC es el más nocivo ya que sus efectos dañinos se producen con dosis mucho más bajas que con el HDPE. Esto podría deberse a la cantidad –aproximadamente el doble– de sustancias liberadas por el PVC (más de 10 000, frente a 6 000 para el HDPE), entre ellas metales como el zinc, empleado para mejorar la resistencia del PVC al fuego, y otros componentes “orgánicos” (hechos de carbono) perjudiciales para Prochlorococcus. Serán necesarios estudios adicionales para identificar los daños y estragos producidos por esta cubierta plástica líquida y asfixiante que no para de crecer: se espera que la masa de nuestros desechos plásticos se multiplique por diez en los próximos diez años.

 

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Bibliografia :

Tetu SG, Sarker I, Schrameyer V et al. Plastic leachates impair growth and oxygen production in Prochlorococcus, the ocean’s most abundant photosynthetic bacteria. Commun Biol. 2019 May 14;2:184.

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Palabra de experto : Dr Julie Lemale

La doctora Julie Lemale es gastropediatra en el hospital Armand Trousseau de París (AP-HP) y miembro del consejo de administración del Grupo Francófono de Hepatología-Gastroenterología y Nutrición Pediátricas (GFHGNP). Explica la importancia de tener en cuenta la microbiota digestiva y preservarla en niños con diarrea.

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La microbiota intestinal Gastroenteritis infecciosa
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Modulación de la microbiota intestinal: ¿prevención y tratamiento a la vez?

Sí, es muy posible. Más allá de las medidas higiénico-dietéticas clásicas y sobre todo, de la rehidratación, dos probióticos (la levadura Saccharomyces boulardii y la bacteria Lactobacillus rhamnosus GG (LGG)) parecen capaces de prevenir la diarrea asociada a antibióticos en pacientes de alto riesgo (lactantes, niños con otras enfermedades…). Por ello los recomiendan los expertos del Comité Europeo de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátricas (ESPGHAN). Además, podrían también prevenir la diarrea nosocomial en niños hospitalizados o que viven en colectividad:según algunos datos esperanzadores pendientes de confirmar, el riesgo se reduciría hasta un 15% en algunos estudios. En el contexto de una gastroenteritis, como tratamiento complementario, S. boulardii reduciría un día la duración de la diarrea y disminuiría el riesgo de que persista más de 4 días; se consiguen los mismos efectos con determinadas concentraciones de Lactobacillus rhamnosus GG (LGG). En cuanto al trasplante de microbiota fecal, sólo está indicado en casos de infección resistente o recurrente por Clostridium difficile, lo cual ocurre muy raramente en niños.

¿Quedará alterada de forma permanente la microbiota de un niño tratado con antibióticos?

Es difícil de decir por ahora, ya que no existe ningún dato científico demostrable que permita afirmarlo. Sin embargo, la pregunta merece ser valorada. Tras un tratamiento antibiótico,la microbiota intestinal permanece alterada durante dos o tres meses. Después, se produce un proceso de normalización que tiende a restablecer la situación anterior, aunque la microbiota restaurada no resulte una copia exacta de la original. Como la toma repetida y/o prolongada de estas moléculas en niños pequeños compromete la organización de los microorganismos intestinales y del sistema inmunitario, esto podría tener consecuencias permanentes sobre la flora intestinal y, por tanto, sobre el riesgo de padecer ciertas enfermedades posteriormente a lo largo de su vida.

¿Cuáles son las perspectivas en materia de prevención y tratamiento?

La vacunación oral, sin ninguna duda. Ésta ha permitido reducir considerablemente el número y la gravedad de casos de diarrea por rotavirus. En este contexto, una de las perspectivas es hacer extensiva la primera dosis de esta vacuna a todos los bebés menores de 6 semanas. Después de esta edad, parece ser menos eficaz. Los investigadores trabajan también en desarrollar vacunas y cepas probióticas más eficaces: según algunos datos científicos, la respuesta inmunitaria de nuestro organismo dependería, entre otros factores, de nuestro “perfil bacteriano”. Nuestra microbiota intestinal, modulada y/o estimulada por probióticos, podría mejorar la respuesta a la vacuna contra el rotavirus.

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Cuando las bacterias y los parásitos atacan la microbiota intestinal

Los virus no son los únicos responsables de las diarreas y existen otros enteropatógenos (microorganismos que infectan el tubo digestivo). Bacterias como salmonellas y Escherichia coli, o microorganismos unicelulares (protozoos) como Giardia lamblia, consiguen colonizar el tubo digestivo, alterar la microbiota intestinal y generar consecuencias a corto y largo plazo13. Algunos medicamentos podrían ser también responsables. Es el caso de antibióticos que perturban la microbiota alterando su funcionamiento y favoreciendo la colonización por microorganismos patógenos, siendo el más frecuente Clostridium difficile.

 

La microbiota intestinal Gastroenteritis infecciosa

¿Por qué ciertas personas son particularmente sensibles mientras que otras son más resistentes? “Es una cuestión de microbiota”, responden los investigadores, cuyos trabajos resaltan la importancia de las interacciones entre patógenos invasores y microorganismos que habitan nuestro intestino.

Una verdadera carrera de obstáculos

Con el objetivo de comprender el proceso infeccioso de las bacterias enteropatógenas, los investigadores examinaron los mecanismos que emplea el organismo para resistir a la colonización del tubo digestivo por Salmonella typhimurium14, una bacteria que causa intoxicaciones alimentarias y diarreas a veces severas, aunque de corta duración. El primer mecanismo de resistencia tiene lugar en el estómago, donde la acidez destruye entre el 95% y el 99% de las bacterias ingeridas. No todas las que llegan al intestino grueso consiguen el éxito: sólo pueden crecer si el nivel de resistencia a la colonización se lo permite. Sin embargo, esto último depende de la composición de la microbiota intestinal de cada uno, la cual dispone de diversos medios para impedir esta colonización: secreción de compuestos capaces de bloquear el crecimiento y la virulencia del invasor, competencia por los sitios de unión, creación de un entorno pobre en oxígeno y desfavorable para su crecimiento, etc.

Un formidable combate

Nuestras defensas no han dicho su última palabra: la cantidad de bacterias debe ser suficiente para desencadenar la diarrea, que puede aparecer entre las 12 y las 36 horas (incluso 72 horas dependiendo de la cantidad de bacterias ingeridas) tras atravesar la barrera Cuando las bacterias y los parásitos atacan la microbiota intestinal intestinal. Según modelos animales, S. typhimurium consigue atravesarla mediante la secreción de sustancias tóxicas que le permiten alcanzar la mucosa y la submucosa. El organismo reacciona mediante la expulsión de las células intestinales infectadas –lo que reduce a la centésima parte el número de bacterias patógenas en los tejidos– y desencadena una respuesta inflamatoria masiva que afecta al enemigo a través de dos mecanismos: la reducción de la carga bacteriana en el organismo y la función de carburante para las bacterias restantes.

Consecuencias a largo plazo

Otro enemigo es Giardia lamblia, un protozoo que infecta al hombre a través del consumo de agua o alimentos contaminados. Si la frecuencia de infecciones por Giardia no sobrepasa el 7% de la población en países desarrollados, puede alcanzar el 30% en los países en desarrollo. Generalmente, la infección se cura al cabo de algunas semanas, pero a veces, puede durar varios meses y convertirse en crónica. Por ahora no existe ninguna vacuna y los tratamientos tienen una eficacia variable. La giardiasis, a menudo asintomática, puede provocar diarrea, calambres y náuseas, pero la gravedad de la enfermedad radica sobre todo en sus consecuencias a largo plazo cuando afecta a los lactantes. A los dos años de edad, éstos muestran un importante retraso en el crecimiento; y algunas personas pueden desarrollar síndromes postinfecciosos varios años después de la eliminación del parásito, tales como el síndrome del intestino irritable o el síndrome de fatiga crónica. De acuerdo con diversos trabajos, Giardia lamblia actuaría disminuyendo la respuesta inmunitaria y provocando una disbiosis.

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¿Cuál es papel de la microbiota en todo esto?

Formada por una mezcla de microorganismos (bacterias, virus, hongos…), la microbiota intestinal constituye un ambiente complejo con el que interactúan los virus responsables de la gastroenteritis. Como cada individuo posee su propio ecosistema microbiano, estas interacciones varían de una persona a otra, al igual que la naturaleza y severidad de los síntomas. 11.

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La microbiota intestinal Gastroenteritis infecciosa

Sea cual sea el virus involucrado, la gastroenteritis viral provoca una disminución de la diversidad de especies que componen la microbiota intestinal y afecta a la abundancia de tres especies12: Prevotella, Staphylococcus y Atopobium. El desequilibrio resultante (llamado “disbiosis intestinal”) es responsable de algunos síntomas que se observan en pacientes infectados. Es el caso de las diarreas copiosas características de la gastroenteritis por rotavirus y resultantes de la desorganización de los microorganismos de la microbiota, que ocasiona una destrucción de la barrera microbiana.

Microbiota intestinal, aliada y enemiga

Sin embargo, la disbiosis no puede explicarlo todo: el norovirus, por ejemplo, puede combinarse también con bacterias llamadas “comensales” (beneficiosas y presentes de forma natural en la microbiota) o actuar conjuntamente con bacterias “malas” (patógenas) y desencadenar un proceso inflamatorio. El organismo responde produciendo antivirales naturales, particularmente interferones. Pero bajo el efecto de un estímulo fuerte, estas sustancias se vuelven contra el organismo y lo atacan, provocando graves lesiones intestinales. Los mecanismos que sustentan las interacciones entre estos factores son todavía poco conocidos y son objeto de numerosos trabajos de investigación. A pesar de ello, la relación entre el norovirus y la microbiota intestinal puede resultar beneficiosa: investigaciones llevadas a cabo en ratones muestran que la disbiosis intestinal provocada por la toma de antibióticos previene o modera la infección por norovirus.

Cuando la genética se entromete

Estos hallazgos ofrecen una visión de las complejas relaciones existentes entre los virus procedentes del medio ambiente y los microorganismos que habitan nuestro intestino. De hecho, estas relaciones dependerían también de un tercer factor: nuestros genes. Según investigaciones conducidas en roedores, no somos iguales frente a las infecciones por norovirus: existe una susceptibilidad individual que depende a la vez del patrimonio genético, de la microbiota intestinal y de la presencia de infecciones simultáneas; de ahí la diversidad de síntomas y de efectos a largo plazo.

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